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Octeto "Séneca"

Clarinete en Si b, Violín, Viola, Violonchelo, Soprano, Contralto, Barítono y Piano

TENA, Abraham

Reg.: B.3848

35,00 €
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  • Formación: Octetos.
  • Géneros: Clásica / contemporánea: Cámara.
  • Idioma: Latín
  • Soporte: Partitura + particellas
  • Nivel de dificultad: Alto-superior
  • Época: 2ª mitad S. XX - XXI
  • Editorial: Editorial Boileau
  • Colección: Siglo XXI
  • Nº de páginas: 80+64
  • Medida: 31,00 x 23,00 cm
  • Duración: 20'
  • ISMN: 979-0-3503-3698-0
  • Disponible en digital: No
  • Disponible en alquiler: No

Prefacio

Este Op. 30 del catálogo de obras de Abraham Tena Manrique surge gracias al encargo personal de Sergio Espejo, pianista de la Orquesta y Coro Nacional de España (OCNE), para una propuesta de concierto llamada “Muerte y más allá” programada para el 1 de marzo de 2016 en la sala de cámara del Auditorio Nacional de Madrid.

La obra se abre con las voces solistas, la palabra (como si fuese el verbo creador), ejerce su poder, las voces se elevan una tras otra, configurando con un motivo repetido por ellas la pregunta que desea ser respondida. El silencio interrumpido con la palabra. "La muerte que tanto tememos y evitamos...". Una sentencia que intentará buscar consuelo, intentará a través del primer movimiento encontrar esa luz tranquilizadora. La parte instrumental nos sumerge después de una breve introducción en un ambiente elegíaco, bíblico casi (c.11) . Tres veces suena una breve melodía sobre las olas que describe el piano. Mecidos por la incertidumbre, pero serenos de momento. Las voces con desaliento interrumpen el discurso para enfatizar el mensaje de inicio (c. 22a), las voces, lo humano, no pueden encontrar consuelo con el devenir sereno que la elegía sugiere. Llega un clímax (c.34), cuando se repite cuatro veces la palabra muerte en soprano y mezzosoprano a la vez que el barítono repite otras cuatro veces y simultáneamente a la palabra muerte , la última sílaba de la palabra evitamos. Evitamos todavía la muerte como fin último. Con titubeos armónicos y como si de una revelación se tratase, escuchamos "... interrumpe la vida, no la extingue." La música se interrumpe, no hay pulso, no hay tensión (c. 38-49). Con serenidad la revelación anuncia, tras un compás de silencio (c. 50), "...no la extingue", la música, la palabra, se eleva al cielo buscando en él la respuesta, el consuelo. Sólo ha sido un espejismo, no va a ser tan fácil. Comienza la re exposición (c.54), ahora más tensa, la angustia ha de ser mayor, puesto que la aceptación no ha llegado. La agitación ha de ser mayor desde un comienzo, puesto que se sigue buscando algo que serene la existencia condenada a la nada. La instrumentación cambia, la potencia sonora de los bajos en el piano ha de dar muestras de esa hondura en la que estamos abocados al no encontrar consuelo. La palabra "evitamos" es ahora gritada con desesperación (c. 78). Hemos fracasado. Un breve silencio da paso a la re formulación inicial.

El segundo movimiento nos muestra eso a lo que tanto se teme. La muerte. Las palabras aquí sobran. Es la nada, el miedo a la pérdida del yo, No hay consuelo, sólo dolor, un dolor que nos arrastra. Un motivo inicial (c. 1), sirve de unidad a esta marcha fúnebre. Como un espectro aparece la sección b (c. 11), la angustia de las ánimas condenadas. Vuelve a recapitularse el motivo inicial (c. 20), ahora con unas caídas que potencian el dolor. La sección intermedia de esta marcha fúnebre (c. 30), es justo eso, un marcha fúnebre, en do menor. La procesión de las almas que acogen la muerte, un desfile hacia el monte de las ánimas. Se dirigen hacia el descanso eterno. Pero no todas, hay almas que no encuentran consuelo todavía. Es aquí donde se enfrentan en un combate en el que el dolor se impone sobre esa procesión que en ppp prosigue su marcha (c. 42), ahora en si bemol menor, manteniéndose el pedal de la parte más desafiante, un pedal que llena de sonoridades dolorosas el camino sereno e imperturbable de aquellas almas que se dirigen a su fin. El epílogo recoge en la parte más grave del piano ese caminar que ya no es sereno, parece que el dolor se impone. Desgarrador y potente acaba un movimiento para piano solo.

El piano, protagonista en el segundo movimiento, se encarga de elevar, ahora en Si bemol mayor, el mensaje de salvación que ofrece el segundo fragmento de la epístola elegida. Tres planos sonoros bien dibujados en estos primeros compases. Bajos profundos y sin evolución, figuraciones en el registro agudo y una melodía serena, extraordinariamente serena, sin tensión alguna. Da paso a un solo de clarinete (c. 6), que enuncia una frase legatissima, elegante. Violonchelo, viola, violín y para finalizar clarinete y viola repiten esta melodía mientras las voces solistas enuncian el principio de la frase epistolar "veniet iterum qui nos in lucem reponat dies...". Retomamos ahora con los instrumentos de cuerda la misma frase con la que el piano iniciaba el movimiento final (c. 16). Algunas notas amargas salpican lo que en un principio fue un instante de serenidad; intervalos de segunda ascendentes y descendentes siembran de queja incluso este momento. Por tercera vez (c. 21), el piano reitera su idea de aceptación, la coexistencia entre lo celestial y la llamada de las profundidades es soportada por una melodía elegante. Sobre ella notas largas; las voces repiten en éxtasis las últimas palabras citadas hace unos instantes, la agitación del clarinete y del violín facilitan este estado de casi iluminación tras el cual la música se interrumpe (c. 27). Un superclímax epistolar con la resolución del verbo a cargo del barítono, que como un Mesías anuncia con el apoyo del violonchelo y de los pedales en el piano, que esa luz que muchos habían rehuido volverá a nuestra memoria perdida. Se repite el éxtasis logrado en el compás 21, el júbilo es alcanzado finalmente. Ahora ya es momento de re formular esa duda con la que empezaba el Octeto (c. 42). Una re formulación del miedo a la nada que suena mientras el clarinete repite la melodía mesiánica sanadora. Comienzo y final. Oscuridad y luz. Muerte y vida. Verdadero punto culminante de la obra. Después de esto sólo queda la lenta extinción, lenta y serena muerte, que a modo de fugato (c.47) va repitiendo la frase musical que permite morir, permite cerrar los ojos, esperando esa luz prometida.

Obra dedicada a S. 31.

I. Adagio "Et mors quam pertimescimus ac recusamus intermittit vitam..."
II. Marcia funebre
III. Largo "Veniet iterum qui nos in lucem reponat dies, ..."